El guion de Wildwood pareciese ser secundario.
La discreta campaña de marketing directa e indirecta de la más reciente película de los estudios Laika ha apuntado a resaltar el carácter artesanal de esta obra y la enorme ambición técnica del proyecto: la animación en stop-motion más larga de todos los tiempos (2 horas y 12 minutos), 230 marionetas, 132 sets, más de 142.000 rostros intercambiables, etc.
En esta era de prompts y reshoots, muchas veces damos por sentado el esfuerzo que un proyecto como este abarca. Algo que no suele decirse mucho de la animación en stop-motion, es lo poco que puede apoyarse en la post-producción. No hay realmente “b-reels” extensos, o “tomas alternas”. Todo debe estar planificado y perfectamente pulido de antemano en cada cuadro, 24 de ellos por segundo en la mayoría del tiempo. No hay experimentación en edición. No hay manera de probar “otro tono” con algún registro diverso del actor. No en post. Por ende, la edición, eso que hace que el séptimo arte sea un arte y no un mero compendio de otras, tiene un alcance infinitamente menor. O, siendo más estrictos, es algo que está presente desde la concepción de la obra. No hay mucha “magia en post”, cuando se trata de stop-motion.
Es casi como si la acumulación de lo que estuviese en juego fuese en sentido inverso. La historia debe estar blindada y cerrada antes que todo. Las actuaciones vocales en las cuales se basarán las animaciones, perfectamente ejecutadas, seleccionadas y curadas. La apuesta artística es sin duda más costosa si algo “no cuadra”: habría que volver a capturar todo lo nuevo, 24 cuadros por vez, cada segundo. Ahora imaginemos eso en un proyecto como este, que mezcla entornos de Portland reales con un mundo mágico forestal lleno de criaturas (terrestres y aéreas) y extensos y masivos combates.

Este es un momento trascendental para el entretenimiento y las artes. La IA no ha logrado armarse de credibilidad artística, pero sigue seduciendo a empresarios y falsos cineastas con la promesa de atajos baratos sin alma. Invertir millones de dólares en una película animada sin un IP increíblemente popular (Spider-Man, Tortugas Ninja), es un riesgo ahuyentador. Laika, además, aunque muy respetada y aclamada por la crítica, ha recaudado cada vez menos en taquilla con cada entrega, mientras sus costos de producción, en paralelo a su ambición, no paran de crecer. Gracias en gran medida a quizás uno de los pocos millonarios que hace una labor loable más allá de acumular riquezas, la productora sigue existiendo.
El caso es que Wildwood es la excepción a cientos de reglas. Es una rareza de nuestra dimensión. Considerando todo lo que tiene en su contra, es una película que no debería haber existido.
Pero existe. Y esa es su gran magia.
Y sí, su manufactura es la razón más importante para irla a ver en el cine. La forma en este caso ES el fondo. Una película en stop-motion, más que cualquier otra, es una encantadora demostración de artes plásticas en movimiento. Cada cuadro está cargado de intención y talento humano palpable. El guion podría, en efecto, ser secundario.
Pero OK. Hablemos un poco del guion.
Wildwood está escrita por Chris Butler (Kubo and the Two Strings, ParaNorman) y tiene una personalidad aplastante. Está basada en una novela escrita por Colin Meloy (líder de The Decemberists, banda que desde Hazards of Love tenía una clara intención de expandirse a otros medios) e ilustrada por Carson Ellis. A nivel estético, es prácticamente el proyecto final de los habitantes cool de Portland (que es, además, una de las incubadoras históricas del stop-motion estadounidense) y del indie-folk-rock que dominó la cultura pop a principios de siglo.

Tomando como punto de partida el rapto de un bebé y una venganza tras una promesa incumplida, Wildwood trata precisamente sobre la existencia de la magia en nuestra realidad, en cómo podemos ignorarla o subestimarla, o, tras descubrirla, obsesionarnos con doblegarla a nuestro favor, para que obsesivamente nos genere algo personal que solo una persona disfrutará, sin importar a quien se corrompe, robe o suplante en el proceso (básicamente, lo que hace un prompt para una IA que no ha pagado derechos de autor —¿todas?— a los humanos a los que ha robado para ofrecer sus resultados).
El mayor pecado de la historia, es tener una estructura a ratos muy tradicional. Embriagados por la artesanía deluxe que ha cobrado vida frente a nuestros ojos, es hasta entendible querer un texto revolucionario. Sin embargo, esa estructura ayuda a embutir a una cantidad absurda de personajes, facciones y realidades, y nunca abandonar a sus protagonistas mucho tiempo (¿recuerdan como en The Matrix Revolutions pasamos 30 minutos sin ver ni a Neo ni a la Matrix?).
En su núcleo, es una historia para todo público, con elementos casi infantiles, pero que a momentos impacta con un verdadero compromiso con la oscuridad y violencia explícita que, dicho sea de paso, se echa de menos en estos contextos: No subestima a nadie y sabe que la esperanza y el triunfo se sienten mejor tras un calvario. Su historia tiene ecos de Labyrinth y, en sus momentos más extremos, hay hasta destellos de locura de porcelanicrón a la Bring Her Back y À l’intérieur. Hay hermanas tenaces en bicicletas, padres hippies-hipster inútiles, brujas, coyotes uniformados, ratas, águilas, buhos y cuervos. Hay todo un bosque que se comporta como un personaje más.

Wildwood cuenta además con un elenco envidiable. Peyton Elizabeth Lee y Jacob Tremblay (este último ya un veterano para ese momento) cargan perfectamente con la responsabilidad protagónica. Carey Mulligan es una gran villana, y expresa un desequilibrio que a ratos es hasta desgarrador. Mahershala Ali transmite la presencia y dignidad requerida. Otros, como Amandla Stenberg, Richard E. Grant, Blythe Danner, Charlie Day, Jake Johnson y Maya Erskine, aderezan muy bien. Sin embargo otros, como Tom Waits (!) y Angela Bassett, son desperdiciados. El balance es abrumadoramente positivo. Hasta Awkwafina entrega una interpretación sensible.
Es difícil hablar del director, Travis Knight, sin recordar el takeover agresivo que, liderado por su padre, le hicieron hace más de 20 años a Will Vinton, leyenda del claymation (The California Raisins, “Speed Demon” de Michael Jackson), también oriundo de Portland. Cuando el resultado es Laika, se sigue añorando un desenlace más respetuoso y no tan salvajemente capitalista, pero es difícil argumentar en contra de los resultados. Con Wildwood, Knight se consolida como uno de los directores más efectivos del entretenimiento (este año, además, dirigió la tonta gema subestimada de Masters of the Universe). Es posiblemente el nepobaby del año, uno que pareciese genuinamente no querer desperdiciar su poder heredado.
Y es que lo más interesante de experimentar Wildwood es percibir cómo la obra está consciente en todo momento de su mágica improbabilidad. Es un privilegio tratado con respeto y con el mayor profesionalismo posible. En los primeros minutos, Carson Ellis, la ilustradora de la novela original, tiene un cameo como figurilla. Es una vendedora de pinturas en un mercado, y uno de sus anuncios dice: “Disfruta del arte hecho a mano antes de que desaparezca para siempre”. ¿Extremadamente dramático? Sí, pero el sentimiento tiene asidero.

El stop-motion siempre estará presente como recurso narrativo. Incluso como herramienta de resistencia cultural. Pero es muy posible que obras con la escala y la ambición de Wildwood, dejen de existir, al menos hasta el inevitable primer gran apagón cibernético causado por alguna IA rebelde.
Así que sí. Wildwood merece ser disfrutada en la pantalla más grande posible. Muy probablemente sea un evento único e irrepetible. Esa es la historia que más importa.





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