El único chiste que me hizo reír de Digger ocurre a pocos segundos de que se revele ese gran giro meta que prometía voltear por completo la película, pero que en realidad vuelve al mismo lugar, con la cola narrativa entre las piernas. Es una crítica a cómo el gabinete de Estados Unidos es profundamente misógino y orgulloso de serlo, perfectamente ejecutado por un desquiciado John Goodman, apoyado por las risas de hienas de, entre otros, Michael Stuhlbarg y Robert John Burke.
En mi percepción, tiene sentido que haya sido el único gag efectivo. Hasta ese momento, ya Alejandro González Iñárritu había desplegado toda la sátira que su valentía artística le había permitido. Ya la premisa anticapitalista y ecológica estaba presentada. El universo, listo para abordar los siguientes actos. Pero en vez de seguir adelante con ese plan, lo que viene parece una exhibición de dudas existencialistas sobre el rol del artista en el esfuerzo (si acaso existe uno) por el cambio necesario para preservar la humanidad. A diferencia de las “dudas” controladas de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades sobre un director privilegiado que sabe que lo es pero quiere a partes iguales reivindicar su legado local y exhibir sus carencias, aquí imaginé vívidamente a Iñárritu con las manos en la cabeza, reunido con Alexander Dinelaris Jr., Nicolás Giacobone, Jez Butterworth y Sabina Berman, ante la encrucijada del slapstick escatológico y la reflexión matizada política. Los imagino debatiendo cinco horas para decidir si incluir o no el sonido de una flatulencia. Hasta imagino a Tom Cruise, al fondo de la habitación, masticando un chicle de placenta mientras espera que los genios a los que respeta, casi todos latinos, descifren acertadamente este statement cinematográfico en la era del auge del neofascismo, la oligarquía tecnológica y la percepción de la empatía y lo “woke” como debilidades: ya el stuntman está envejeciendo, así que la mayor estrella de Hollywood debe regresar con todo al lado más artístico de la industria.
La sobreactuación y los altos decibeles son rápidamente argumentados por el giro meta (Spoiler, todo es una obra de teatro), lo cual, repito, se siente como una sobreintelectualización de la sátira, como Iñárritu argumentando en exceso su tono exagerado, casi que pidiendo disculpas por no haber dirigido una crítica más sutil. Lo siento como una oportunidad perdida: tiempos desesperados necesitan resistencias escandalosas y con la delicadeza de un lanzallamas.

Lo impactante es que, en casi cualquier otro caso, toda esa vulnerabilidad percibida habría sido absolutamente debilitante. Esa duda, esa pausa, ese paréntesis se habrían sentido flojos, incompletos. Y aunque a ratos extrañé la posibilidad de un Iñárritu inédito completamente desatado, cocainómano, a gatas y carcajeándose tras vomitar toda la fiesta, su angustia me pareció genuina. Su preocupación casi desesperada, hasta adorable. El giro meta, siento, descarta a Digger como heredera cultural de Dr. Strangelove, pero, por otro lado, “iñarrituiza” por completo la obra, dotándola paradójicamente de una personalidad única, algo inusual en estos tiempos de algoritmos y fórmulas. En retrospectiva, no sé por qué llegué a esperar otra cosa que no fuese Iñárritu dándose cabezazos contra la pared.
Y es que Digger es, en esencia, pura desesperación. Todos los personajes gritan o reciben gritos. Sandra Hüller grita. Emma D’Arcy soporta gritos. Nadie sabe comunicarse en este universo, y todos, menos quizás el pobre Nirav Ganesh de un gran Riz Ahmed, se rigen por un caradurismo extremo y cruel y por una hipocresía absoluta y casi surreal. Digger podría haber condenado a la muerte a millones de personas, pero sufre por mantener viva a una gata muppet zombi de 35 años.
El bendito giro meta también condena y limita su despliegue visual, o al menos su contrato tácito con la audiencia. Sí, su fotografía tiene mucha personalidad y calidad Lubezki, pero no logra sacudirse nunca esa crueldad (¿estratégica?) de promocionarse como un gran evento visual, Vistavision y toda la parafernalia, para al final condenarnos a unos camerinos y un teatro casi búnker de un mundo distópico, donde los espacios abiertos son meras proyecciones falsas en una pared. Esto, definitivamente, no es el espectáculo naturalista de The Revenant. No son los claustrofóbicos planos-secuencia de Birdman. Ni siquiera es un choque de carros a 9 cámaras en Ciudad de México. Es como ver una versión estática, pastel y grisácea de Michel Gondry en el video musical de “Bachelorette” de Bjork: interesante, peculiar, pero en última instancia, insatisfactorio.

El Digger Rockwell de Tom Cruise es una especie de remix tejano de la excentricidad millonaria de su Les Grossman de Tropic Thunder con la bravuconería de testosterona como mecanismo de defensa de su Frank Mackey de Magnolia, agarrada de testículos incluida. Esto queda aún más en evidencia cuando se revela que estamos viendo realmente a un actor interpretando a un actor. Aunque Cruise sí se pierde en Digger, Digger se pierde en el texto de Iñárritu y compañía, el cual se esfuerza repetidas veces en sacar a Cruise de Digger y recordarnos que estamos viendo a Cruise encarnar a Curtis Markson encarnar a Digger Rockwell. Es un conflicto rarísimo y distractor, que solo deja confusión.
Y es que al final, el desconcierto parece ser la misión. ¿Están Iñárritu y Cruise viéndonos mientras se encogen de hombros, como diciendo “solo somos payasos millonarios, lo único que podemos ofrecer, tristemente, es cierto entretenimiento artístico ante el apocalipsis”? ¿Nos están atizando por ser meros espectadores escapistas? ¿Acaso lo único que podemos hacer ante la opresión y la corrupción estructural es catarsis con ficciones? Ese último cue sonoro en los créditos finales puede ser a partes iguales un chiste cruel, una crítica o un llamado a la acción.
La máxima proeza es que, a pesar de todo, Digger sí incita debate. Parece regodearse de la inquietud y parece querer contagiarla. Si el “seeker” (el que busca) de The Who le preguntaba a Bob Dylan, The Beatles y a Timothy Leary, este “digger” parece cavar y buscar profundidad en los terrenos de Kubrick, Von Trier, Welles y Chaplin. Siente que es importante predecir el impacto de la crueldad política y macroeconómica en el arte de los años venideros. Sí, se siente importante.

Quizás lo sea. Una de mis pocas certezas es que Digger es una película para el futuro. Ahorita, la realidad supera abrumadoramente sus matices. Quizás más que muchas obras modernas inspiradas en el clima político actual para sus distopías, como Anniversary, Civil War, The Purge, Years and Years o The Handmaid’s Tale, la terrible e inquietante paradoja de Digger es que si no termina siendo una curiosa, olvidable y fatalista cápsula del tiempo cultural, podría ser una inevitable futura pieza invaluable de museo en alguna sociedad sobreviviente donde todavía se valore la humanidad.





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