Ignorando la nostalgia injustamente reivindicadora, es innegable que aquella primera adaptación cinematográfica de Street Fighter, de 1994, protagonizada por Jean-Claude Van Damme, está repleta de escenas vergonzosas y fallidas. En particular, hay dos momentos que considero representan su punto más bajo posible.
El primero, es ya en el tercer acto, cuando el doctor Dhalsim (Roshan Seth), que hasta el momento lo habíamos visto como un científico normal de mediana edad con lentes, traje blanco y corte de cabello sucinto, aparece de repente semidesnudo, con cadenas que decide dejarse puestas, calvo (al parecer, en plena autodestrucción y evacuación de la base maligna, simplemente quiso cambiarse el look) y con un poco de sangre en la frente (para emular la pintura facial del personaje), pidiendo que le permitan “expiar sus pecados”. Por supuesto, no pelea, no muestra sus articulaciones elásticas, ni escupe fuego. Simplemente… sale del cuadro para siempre. Es el ejemplo más patético de la fallida película de Steven E. de Souza pidiendo la hora y haciendo un esfuerzo sobrehumano para explicar y argumentar el look de uno de los personajes más memorables del videojuego original.
Street Fighter (2026), dirigida por Kitao Sakurai (Twisted Metal, Beef), es infinitamente más sabia. De inmediato, entiende que nadie (nadie importante, al menos) está exigiendo que se argumente una de las estéticas más reconocibles e icónicas de IP alguno en los últimos 50 años, por lo que evade por completo atrocidades como “el tormento del doctor Dhalsim”. Sakurai ambienta la historia en 1993, se afinca en los códigos visuales de la época, full neón, abraza el diseño legendario de los personajes del videojuego de Capcom (muy a lo Masters of the Universe de este año, gema subestimada), y se asegura un trampolín instantáneo de credibilidad.
Ya, simplemente con esa decisión, Street Fighter es, por muchísimo, la mejor adaptación cinematográfica del videojuego de peleas callejeras.
Pero eso, considerando el récord, no significa mucho. Street Fighter es una película inestable, en constante conflicto entre la exposición del mito y los personajes, la explotación gloriosa de su colorida absurdidad y un humor que nunca decide cuál es su audiencia. La verdadera gran película subyace siempre. No deja de dar atisbos, y esa tensión mantiene el interés, aunque nunca satisfaga plenamente al espectador.

Un acierto de Street Fighter es entender que el protagonismo debía recaer en Ryu y Ken. En un universo lleno de personajes emblemáticos, coloridos y bordeando el racismo simpático y los estereotipos ofensivos, los dos tipos “básicos” con gi blanco y rojo siempre han destacado, gracias al contraste. Noah Centineo es un gran Ken Masters y podría cargar tranquilamente con la franquicia. Andrew Koji (Ryu) es su casi perfecto complemento estoico. Callina Liang es otra gran revelación como Chun Li. David Dastmalchian compensa su físicamente escuálido M. Bison (admitido en la película, de hecho es su motivación principal) con una morbosidad sexual exagerada. Incluso los dos miembros del casting que pensé que detestaría, en parte por su negativa a afeitar su vello facial en aras del personaje, terminan superando las expectativas: Andrew Schulz es realmente un buen Dan y Roman Reigns aporta gran presencia visual a un Akuma que, de todos modos, siempre ha sido unidimensional.
Por supuesto, no todo funciona: el Guile de Cody Rhodes es fantástico, pero es otra promesa que nunca se concreta. Se roba la escena cada vez que aparece, pero su tiempo en pantalla es efímero. El Blanka de Jason Momoa (quien tampoco se quiso afeitar, aparentemente) es visualmente amenazante y acertado pero es simplemente Momoa hablando como un Tarzán infantilizado, sacando un “obrigado” obligado, con una capa de CGI estándar. Sale también Eric André con su neurosis acostumbrada, el cabello planchado y un megáfono con la bandera de Puerto Rico, encarnando muy bien al NPC (no es cumplido) Don Sauvage. Vega, Zangief y Cammy, entre otros, también se pierden un poco en el fondo.

La historia es irrelevante, pero suficiente para unir a los personajes. Después de todo, estamos hablando del videojuego en el que Zangief baila en cuclillas con Gorbachov. Aún así, Street Fighter despliega un guion tan frágil como la dieta de Rufus sobre el potencial, las expectativas, la amistad, el honor y el lado oscuro. Los flashbacks son presentados en formas de animaciones realizadas por el estudio Titmouse, Inc (Metalocalypse, Big Mouth, Golden Axe) y son un gran acierto para no perder el aspecto lúdico ante la inminente exposición. Hay un montón de guiños esperados (¡cameo de Justin Wong! ¡El fuerte!) y en general se siente un gran cariño y respeto por el legado cultural del arcade de peleas más famoso de todos los tiempos.
La banda sonora de Leo Birenberg y Zach Robinson es muy inteligente: toma las canciones hiperrreconocibles del videojuego y las potencia con guitarras eléctricas, bases rítmicas modernizadas y orquestas. Los “agujazos” incluyen temas masivos de Soundgarden, White Zombie, Elastica, The Offspring, LaBouche, Too Short, así como dos canciones nuevas de HEALTH. Es un soundtrack populista y “normie” de James Gunn, enmarcado a principios de los 90. Funciona casi siempre.
Las coreografías y la dirección de los combates son de gran calidad y tienen una personalidad aplastante, pero son ráfagas. Duran muy poco. A ratos, pareciesen solo existir para proporcionar sus 2 segundos de presencia en los materiales promocionales. Con tanta historia en las artes marciales cinematográficas, Sakurai se habría beneficiado de una influencia mayor de luminarias tipo John Woo, Yuen Woo-ping, Wilson Yip o Gareth Evans, maestros en narrar con fisicalidad. Aquí, la fuerza cinética se siente casi como una obligación a regañadientes, y eso condena toda la cinta a la regularidad.
Por cierto, el segundo peor momento de la primera Street Fighter de Van Damme, de 1994, es su plano final. Los personajes, sin razón alguna, pegan un grito de guerra, posan como su avatar en el videojuego viendo a la cámara, la imagen se congela, y suena una estúpida flautita desconcertante que humilla a los espectadores y envía todo al demonio y a los créditos finales.
Y, sin embargo, ese final es mucho más profesional, respetuoso y digno que lo que sea que haya hecho la Street Fighter de 2026. Erróneamente, se ha repetido que la película termina en un “cliffhanger”. No es cierto. No hay revelación final que quite el aliento. No aparece un personaje nuevo inesperado (No, no sale Mech-Zangief ☹️). La película, sencillamente, no tiene resolución. Le falta la secuencia final. Termina sin emoción, en una escena claramente de transición a locaciones, como si estuviésemos viendo un corte crudo de la edición, pintorreteado por los gráficos de los créditos.
La frustración es aún peor considerando que, en ese momento, todo parecía empezar a cuajar. El humor comenzaba a hilar varios momentos, aun con sus repetidos y extraños chistes sobre fetiches de pies. Los personajes, ya con sus atuendos clásicos, se dirigían a lo que prometía ser una gran batalla final. ¡Incluso Guile y Dhalsim habían regresado!

El constante pero insatisfactorio chisporroteo de calidad de Street Fighter es tan llamativo y carga tanta promesa, que mi deseo fervoroso es que el destino de esta adaptación emule la historia del propio videojuego: el primer Street Fighter, de 1987 fue un éxito modesto con elementos olvidables y mecánicas rígidas que mostró un potencial que explotaría nuclearmente con su secuela de 1991, Street Fighter II, uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos.
Ya hice mi parte, metiendo mi monedita en el arcade de la voraz maquinaria de Hollywood. No me arrepiento. Esperemos que el “Continue?” tenga una respuesta positiva.





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