Previniendo el caos absoluto de lo que significa un inusual concierto de Tool en Ciudad de México, me enfilé lo más temprano posible a ese horrible lugar llamado Explanada del Estadio Azteca, el cual en este momento está repleto de literales desechos del viejo estadio (sillas, montones de cabillas, metales, todo abandonado alrededor del estadio, a poco más de un año del inicio de la Copa del Mundo). Una fresca tarde despejada equilibraba la experiencia.

Tras una fila menos infernal de lo esperado, fui gratamente recibido con Ride of the Valkyries de Wagner, que marcaba el inicio de la presentación de una banda telonera de lujo: The Cult. Astbury y compañía iniciaron un set de 12 canciones satisfactorio donde no faltaron clásicos como “She Sells Sanctuary”, “Fire Woman” y “Love Removal Machine”. The Cult sigue sólido y contundente y fue la razón por la que varias personas fueron esta noche a este horrible lugar. Astbury, eso sí, no pudo evitar dispararse en el pie del aura cada vez que gritaba como un perfecto boomer espantaviejas gringo (británico, pues) cosas como “olé”, “ándale” o “brujería” (?).

Cinco minutos antes de lo esperado, Tool inició su concierto. Y con los latidos de “Third Eye”, asomaban el aparente motif del concierto: la vigilancia, el ser observado y analizado.

Horas antes, por supuesto después de haber vendido sus entradas, Tool y los organizadores habían revelado la estricta política de “no cámaras”. Eso se esperaba de Tool, y la petición se podía hasta entender (sí, es absurdo forzar el misterio y sí, estamos en 2025, pero una petición respetuosa basada en el arte es entendible) pero impactó la amenaza de expulsar a la gente del evento, con un tono bastante asqueroso y policial. Una despreciable actitud paternalista tóxica digna de viejos meados con problemas falsos, quienes, sin tocar siquiera una puta nota, ya criminalizaban a los asistentes del evento, que bastante cara habían pagado su entrada. 

Pero el público es indomable. Sí, lo hizo en mucho menos cantidad y periodicidad, pero vaya que grabó y tomó fotos. 

Sin embargo, la vigilancia siempre estuvo allí. Cada cierto tiempo, como parte del show, los reflectores desde el escenario sorprendían al público, poniéndolos en evidencia. Más de una vez vi a alguien bajar rápidamente el celular cuando la luz lo cegaba. Las visuales estuvieron siempre repletas de ojos humanos gigantes que nos observaban, así como de extraterrestres y humanoides que no paraban de analizarnos con inquietante curiosidad. Quizás queriendo ignorar la vibra indefendiblemente boomer de una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, casi me autoconvencí de que todo había sido un plan para reforzar la temática. 

Tool en vivo suena casi exactamente igual al de estudio, lo que, por supuesto, es una proeza absoluta. No debería sorprender. Estamos hablando de 4 tipos que tienen 35 años juntos, que no se apresuran en nada, que evidentemente perfeccionan detalles hasta el cansancio, o hasta que Maynard se va a hacer vino, a payasear a Puscifer o a desplegar gloriosas canciones de menos de 4 minutos en A Perfect Circle. 

Y es que Maynard James Keenan es un vocalista a ratos itinerante. No se confundan: es innegable su presencia y legendaria voz, pero durante una gran porción del tiempo, Tool es realmente un trío. Uno laborioso, técnico, admirable, formado por Adam Jones, Justin Chancellor y Danny Carey, mientras Maynard desaparece un rato detrás de la batería o se coloca en pose preparatoria de una batalla de jiu-jitsu que nunca comienza. 

Maynard James Keenan es también un tipo contradictorio. Al igual que con A Perfect Circle, prefiere estar siempre en un mismo sitio, y ese sitio es ATRÁS, y ARRIBA. Como si tuviera un complejo por estatura y no quisiera ser comparado con los otros trasgos enormes de la banda. Además, la mayoría del tiempo, está oculto en las sombras. Se maquilla vistosamente y exhibe puyas punk en la cabeza, pero se niega a salir de su cuarto. Su actitud termina logrando que uno esté constantemente buscándolo, lo que podría revelar una vanidosa estrategia esquiva. 

Además de las constantes miradas que los monstruos, aliens (y la banda, claro) nos dedicaban, el show siempre alternó entre lo oscuro (con detalles celestes y dorados) y lo psicodélicamente colorido. El famoso heptagrama de la positividad, inspirado en parte en La Montaña Sagrada de Alejandro Jodorowsky, estuvo siempre en lo más alto de la tarima, en constante cambio cromático.

Describir las canciones de Tool es fútil, en especial desde que comenzaron a preferir suites de 10 minutos a singles de 5. Son experiencias sonoras, llenas de matices, detalles, giros, y polirritmos. Todo, combinado además con riffs (tanto en guitarra como en bajo) memorables y pegajosos, y eventuales momentos estelares vocales. En vivo, se pasa volando el tiempo y casi hasta se entiende la preferencia de la banda por los temas más extensos. 

Siendo Ænima uno de mis discos favoritos de todos los tiempos, tuve que rápidamente ajustar mis expectativas. Este setlist estaba destinado a ser casi 75% Fear Inoculum y 10.000 Days, y el resto Lateralus y quizás algo de Ænima (¿Undertow? Jajaja por favor). Sin embargo, en el caso de Tool, adoptar en su mayoría el catálogo más reciente, sigue siendo una experiencia hasta acertada (por mucho que extrañe “H”, “Stinkfist”, “Eulogy”, “Forty Six & 2” y hasta la tenebrosa receta culinaria de “Die Eir von Satan”)

Y así fue. “Fear Inoculum”, “Jambi”, “Rosetta Stoned” y “Pneuma” iniciaron el set, lo que se tradujo, en, claro, unos 40 minutos de arranque. Sin embargo, acto seguido tocaron “Ænema”, lo que hizo retroceder el tiempo y activar al sector que sigue a la banda desde 72826 y Opiate

Maynard habla poco y cuando lo hace, es para hacer chistes tontos de papá famoso como “How do you know my name? That’s weird”. Carey, aunque sepultado de un kit enorme y bestial, es quizás el miembro más vistoso. A la izquierda, Jones con su cabeza en forma de arco ya con canas. A la derecha, Chancellor y su vibra de colérico profesor universitario. 

El setlist continuó con “Descending” y “Schism”, de lejos la canción más “popular” de la banda. “The Grudge” fue otra agradable sorpresa del ayer, y fue con la que cerraron el set, antes del inevitable encore.

El público en general se taladraba in situ con contundencia, si es que esta imagen visual tiene sentido, reaccionando de manera única a una banda única. Eventualmente alguien elevaba los brazos y agradecía a la providencia, pero el nivel de concentración y conexión con la banda, incluso con los eventuales smartphones (en ocasiones incluso potenciados por ellos, considerando que muchos grababan con el celular pegado a su rostro para evitar levantar sospechas) es algo que he visto muy pocas veces. 

El silencio de unos 7 minutos fue interrumpido por Carey, quien con un bodysuit a-la-Alex-Grey, fue el primero en regresar y lanzarse un solo de batería en dos fases: una meramente orgánica y otra acompañada de una secuencia electrónica-tribal diseñada y desplegada por él mismo. De lo mejor de la noche. 

“Chocolate Chip Trip” fue quizás la única bala de salva de la noche, pero la gratísima sorpresa de “The Pot” compensó de inmediato. De allí pasaron a “Invincible” (en mi opinión, la mejor canción de Fear Inoculum), antes de que la compleja y potente “Vicarious” cerrara la noche. 

Paradójicamente, fue un show completamente predecible. No hubo variaciones en la música, el show de luces y las visuales estuvieron muy bien ejecutados, pero no fueron nada que no hayamos visto antes. Pero Tool es una banda tan larger than life, que la experiencia de verlos en vivo es más que satisfactoria, incluso con la predictibilidad y con el hecho de que no tocan ninguna de tus 4 o 5 canciones favoritas. Son 4 profesionales (más el crew) demostrando décadas de destreza y mostrándonos su entrañable universo único. 

Además, me dejó uno de los mejores gig pósters de mi colección.

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