Yard Act estuvo anoche en el Foro Puebla, y me fui a constatar si la evolución sonora de su segundo disco se percibe en el escenario.

La respuesta no es tan sencilla.

Era mi primera vez en el Foro Puebla, un venue bastante pequeño pero acogedor, con escalones que permite una gran visualización pero que ralentiza notablemente al público que no quiere caer hacia su muerte por algún empujón inesperado.  La cosa cayó sábado, y yo estaba algo agotado tras mi jornada laboral, por lo que lamentablemente ignoré casi por completo a la DJ-Selector encargada de abrir el evento, Violet Dny, quien, a juzgar por el público, cumplió ampliamente su cometido.

Yard Act comenzó puntual, directamente con un callback a sus comienzos, con “Dark Days”. Acto seguido, para recordarnos que estamos en la gira de su disco más reciente, dieron paso a “When the Laughter Stops”, que no contó en esta oportunidad con Katy J Pearson pero sí con dos coristas-bailarinas muy carismáticas y contagiantes: Lauren Fitzpatrick y Daisy Smith, quienes canalizaron los mejores movimientos a-la-Talking Heads durante todo el recital. 

“Dead Horse” y “Grifter’s Grief” nos mostraron los primeros indicios de la versatilidad de Chris Duffin, quien ya parece un quinto miembro de la banda, con su gran aporte en los teclados y el saxo. “Land of the Blind”, que podría ser tranquilamente un gran número musical de Los Muppets, aligeró aún más el mood. Acto seguido, “Fizzy Fish”.

Para el momento en que cayó “Down by the Stream”, una de mis favoritas del nuevo disco, se hizo evidente que existe un notable divorcio entre el Yard Act del estudio y el del (al menos este) escenario. Este tema gira en torno a un bucle muy Soul Coughing, con una sección de cuerdas caricaturesca, chirridos y scraches, un sax y una maravillosa línea de bajo. Todo estos elementos quedaron ligeramente sublimados en la tarima. Lo mismo sucedería más adelante con “Petroleum”, un temazo muy a-la-Beck que se va construyendo poco a poco hasta reventar en un impredecible caos que mezcla lo digital con lo orgánico y cuyos matices desaparecieron casi por completo en vivo.

Esa premura también pareció notarse en otro aspecto menos importante (no para mí, pero sí quizás para la mayoría): la estética de la banda. Where’s My Utopia? muestra una clara evolución de la banda hacia sonidos, géneros y composiciones más complejas y uno de los mejores “upgrades” fue el paso adelante hacia una estética más colorida y caótica. El arte del disco, creado por Thomas Robinson, ilustra perfectamente esa bienvenida complejidad. Es un cataclismo ardiente, donde aviones caen y muchos personajes se ahogan en un océano agitado. En el centro de todo, un hombre que se quema vivo mientras recibe la llamada del cielo en un teléfono rojo y un Sol indignado lo mira a la distancia. 

Eso no estuvo presente ni en el escenario, ni en ningún lado. Hasta el merch oficial consistió en el insufriblemente minimalista diseño de The Overload. Es un buen logo, pero es claramente uno que remite al pasado. ¿No es Ciudad de México digna de la propuesta más reciente sino solo del remanente de la gira previa? Digo esto considerando, además, que existe ESTO y que se pudo haber traído alguna versión o fracción de ello.  

Manipulación barata aparte, la verdad es que esto no llega a ser una queja con todas sus letras. Sí, extrañé no poder disfrutar de eso en vivo, pero la energía apresurada de la banda sobre el escenario no permite aletargamientos. James Smith, que sí, a ratos luce como un pasajero Jarvis Cocker, exhibe full drama tirándose al piso y pidiendo obsesivamente al público que brinque (casi a niveles molestos, CASI, porque de inmediato identifica y sonríe, aligerando la exigencia) y deje la garganta allí, y tiene una torpeza adorable digna de un buen frontman. Tiene, además, un talento subestimado de MC dotado, desplegando frases rápidas y complejas con gran fluidez. Merece unas barras futuras con Run the Jewels.  

La sabrosura de “Dream Job” y sus ecos a The Rapture + Cake + Lionel Richie (All night long!) refrescó el setlist y subrayó mi opinión personal de que el MVP silente es el bajista Ryan Needham, quien es el corazón que mantiene pulsando a la banda. 

“The Trench Coat Museum” fue una agradable sorpresa, pues pensé había sido un EP muy a lo LCD Soundsystem que había quedado en el olvido. “Payday”, “We Make Hits” y “Pour Another” cerraron el set, pero el encore es inminente. 

Yard Act regresó casi de inmediato, con peluche de Dr. Simi en mano, para dos canciones finales: “The Overload” (que es básicamente como si Ian Brown hiciera una versión de “Low Rider” de War) y “100% Endurance” (en donde se acoplaron maravillosamente al clásico y genuino cántico latinoamericano de “oe, oe oe oeeee Yard Act, Yard Act”). La banda se despide, agradecida. El encore, entonces, consistió en las dos canciones que abren y cierran respectivamente su primer disco.

Y eso, sin duda, suena acertado. Yard Act pareciera seguir allí, en el pasado, como una banda recién formada con mucho potencial, que todavía no se cree su evolución. Yard Act del 2022. ¿Error? No llegaría hasta tanto. Fue un concierto muy divertido y enérgico, y todos salimos más que satisfechos. Quizás ese estilo marque el resto de su carrera: mayor estrategia y producción en los discos, caos y premura refrescante en vivo.  

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