Un ligero mareo me hizo recordar que tenía casi 10 horas sin comer, y afrontar un show de IDLES con el estómago vacío es una pésima idea. Un perrocaliente básico mientras compraba el póster oficial de la gira, calmó mi temor de desfallecer a la tercera canción.
Y es que un concierto de IDLES es una cálida, enérgica y levemente peligrosa fiesta. A diferencia de ollas de bandas como Slipknot (Hace eones, en su presentación en el Poliedro de Caracas, casi me sacan un ojo con el filo de una moneda lanzada con violencia desde las gradas), las de IDLES se sienten seguras, amenas, bienvenidas. Empujones fuertes pero inofensivos mientras la banda despliega sus mensajes sobre evitar pelear con hombres con permanentes, espacio personal, consentimiento, bailes y mensajes motivacionales.
La última vez que vi a IDLES fue en el pabellón oeste del Palacio de los Deportes, en 2022, y en dos años el crecimiento ha sido sorprendentemente notorio. Lo primero, es lo evidente: ya no son una banda de pabellón, sino de venues más importantes. En esta oportunidad, tocarán en un Pepsi Center repleto.
En el marco de la gira Love is the Fing, en apoyo a su más reciente disco, TANGK, IDLES tuvo que dejar por fuera temazos como “The New Sensation”, “War” o “Kill Them With Kindness” (probablemente mi favorita de todo su catálogo, y segunda ocasión en que me “la niegan”) para poder incluir nuevas y necesarias pistas.
“IDEA 01” fungió como el intro, pero, como bien sabemos, el concierto realmente comienza cuando el entrañable Joe Talbot (ahora con cabello rosa) pide dividir en dos al público y “Colossus” comienza su lento ascenso a la locura. El mantra del “goes and it goes and it goes, goes and it goes and it goes” mientras la banda va cargando sus cartuchos sigue siendo una de las mejores canciones para abrir un concierto que he experimentado en mi vida.
La fiesta te explota en la cara, mientras Talbot, con su voz de pirata con garganta destrozada, dice que es Stone Cold Steve Austin, mandando a los homofóbicos al ataud. Inclusión simpática entregada con desquiciada diversión. Una “violencia” constructiva. La rondalla infantil donde se le cae a patadas a los fascistas tras darle la oportunidad de bailar en paz y con la cabeza gacha. No hay banda igual.
Acto seguido, la razón principal por la que quise ver a IDLES de nuevo, en tan poco tiempo: “Gift Horse”, la mejor canción del nuevo disco, que nos obliga a gritar a todo pulmón nuestra aparente admiración por el corcel simbólico de la resistencia ante cualquier atisbo de opresión. “Look at him gooooooooo!”
Tras las ineludibles y maravillosas “Mr. Motivator” y “Mother”, IDLES hace su primer cambio de velocidad con “Car Crash”, como para recordarnos que el poder no va asociado precisamente con mayores bpm sino con la fuerza con la que se activan las cuerdas y los cueros, como la onomatopeya que le da nombre al disco más reciente.
Tras “I’m Scum”, “Roy” y “1049 Gotho”, queda clarísima la evolución de la banda en vivo. Bajan y suben de intensidad a placer, con menos efectismo y con un control absoluto del público. Con “Jungle”, y en gran parte gracias al bajista Adam Devoshire, terminamos bailando esta cadencia pseudo-reggaetonera estridente. Mención especial a Mark Bowen, que no para de guitarrear desde la axila, mientras en ocasiones canta, lanza sonidos electrónicos y hasta toca el teclado.
Cae el foxtrot-punk de “The Wheel”, el Interpoloso “When the Lights Come on”, la hermosamente inestable “Divide and Conquer” y la reiterativa secadora dañada de “Gratitude”, en lo que sin duda es el segmento “texturas” del setlist. IDLES ha pasado de ser solo un glorioso mural vomitivo de sonido a un grupo bien determinado de músicos en gran comunión y con aplastante personalidad. Lee Kiernan, quien pareciera estar electrocutándose todo el tiempo, es quizás el MVP de esta parte, lanzándose al público mientras un roadie, desde el escenario, hace un esfuerzo sobrehumano para que el cable de la guitarra mantenga una altura aceptable y no sucumba al coitus interruptus de una desconexión.
Por supuesto, en medio, van sus ya conocidos mensajes políticos sencillos pero contundentes y bienvenidos: Viva Palestina y que se joda bien jodido el rey. “POP POP POP” nos recuerda que una de las mejores cosas de TANGK es su creatividad rítmica, sobre todo la exhibida por el baterista Jon Beavis. “Samaritans” va con dedicación y admiración a Angélica Garcia, la muy original artista estadounidense con raíces mexicanas que abrió el concierto con su desconcertante y a ratos sexi, dramático y poderoso pop caribeño dark lleno de reverb nocturno.
En algún momento entre canciones, el buen Talbot nos agarra desprevenidos destruyendo el silencio con un grito a todo pulmón de la estrofa “I came in like a wrecking ball!” en clara referencia a su impasse con el apagado (ya aparentemente piojoso) público del Corona Capital 2022 que esperaba por Miley Cyrus. “Las risas no faltaron” y fue un bonito recordatorio de lo importante de los shows individuales y más íntimos, en contraste con los cada vez más peseteros festivales mexicanos.
Tras “Crawl!” y “The Beachland Ballroom” (dos extremos rítmicos del CRAWLER), IDLES sorprende inyectando una dosis final durísima de adrenalina al show con “Never Fight a Man with a Perm” (que solía estar entre las primeras de su setlist) la cual obliga al público a activarse como si el concierto estuviera empezando.
Pero, y en lo que ya es evidentemente un motif de esta gira, IDLES vuelve a controlar la perilla de intensidad con “Dancer”, modificando la energía del público, que ya no empuja y embiste, sino que hace los movimientos de baile más absurdos y geniales (me incluyo) posibles.
Luego sigue otra ineludible: “Danny Nedelko”, ese maravilloso himno antinacionalista que aboga por la multiculturalidad y la celebración de los migrantes (imposible no identificarme) enmarcado en una amistad personal.
Acto seguido, Talbot procede a entonar un extracto de “All I Want for Christmas is You” de Mariah Carey, sin ningún tipo de contexto (apenas comienza octubre). Considerando que es algo que suelen hacer últimamente y que el resto de la banda no está involucrada en un verdadero cover del himno navideño (es solo Talbot a cappella), ese minuto se siente medio forzado y gimmicky. Poco importa. Quizás es solo una manera de la banda de tomar aire y limpiar el paladar, antes del último envión, el cual, al igual que en 2022, es “Rottweiler”.
Nada de encores. IDLES reiteró varias veces durante el show que no son nada sin nosotros. El agradecimiento es pleno y viene en ambas direcciones. No necesitan de la validación barata del encore. En este punto, la satisfacción también es plena. La catársis necesaria, concretada. Se sudó, se bailó, se golpeó y se recibió coñazos con simpatía y empatía. Ahora solo queda enfilarse hacia la salida, descansar los pies y disfrutar del nocturno frío chilango de octubre con unos tacos al pastor, otro de rib eye y una fresca horchata.






