Eddie Vedder tiene la mirada fija en la sucia alfombra marrón del estudio. Su banda, Pearl Jam, acaba de lanzar un nuevo disco, Dark Matter, y la gira de medios es inevitable.
Hoy es el turno del show de Howard Stern. Vedder, en particular, desprecia a Stern. Recuerda su antigua amistad con Trump y sus múltiples controversias en las que se burló de minorías o víctimas para obtener el shock barato con el que básicamente construyó su branding.
Pero es 2024, y ya todos tienen casi 60 años. Stern tiene 70, de hecho. Ya todos pertenecen a la vieja guardia. Los espacios de promoción son reducidos, en especial aquellos en los que hagan preguntas al menos pertinentes y con cierto conocimiento. De este show saldrán unos 6 clips que podrán girar por todo internet. Son los nuevos videos musicales, por una fracción de su costo.
Mike McCready, guitarrista, sentado varios pasos a su izquierda, percibe la abulia de Vedder y le otorga una mirada que solo décadas de amistad pueden traducir. Vedder atiende, se reincorpora un poco y hace un mejor trabajo fingiendo estar interesado en lo que Stern dice.
El Bob Patiño de la radio estadounidense pregunta sobre “Waiting for Stevie”, una canción del nuevo disco, y su favorita personal. Vedder explica el nombre de la canción: estaba en el estudio esperando a Stevie Wonder, quien al parecer tiene un severo problema con la puntualidad que podría o no estar vinculado a su ceguera, y, durante esas horas, básicamente completó esa canción.
Vedder incluso toma una guitarra y toca parte de la canción. Explica además que el título de la canción no es una mera curiosidad sino que también hace referencia al ser afectado por la música, y a que la música cambie tu vida y que en ese sentido la música de Stevie Wonder tiene ese poder y algo por el estilo.
La explicación suena algo forzada. Y con razón. Cada segundo que Vedder invierte explicando la génesis de la canción, lo hace sentir peor persona. Es primera vez que miente tan descaradamente sobre su arte. Es una tortura.
“Waiting for Stevie” ha sido, de lejos, la canción más aclamada del nuevo disco. Suena al Pearl Jam potente y vulnerable de antaño, con la sabiduría y experiencia del actual. Su letra, ineludiblemente devastadora, resuena en millones de adultos de mediana edad, que lidian con la depresión, el síndrome del impostor, sus fracasos como pareja, y al parecer cualquier otro error de vida: You can be loved by everyone / And still not feel, not feel love / You can relate, but still can’t stop / Or conquer the fear you are what you’re not.
Vedder se siente un fraude. Quiere tirar la guitarra al piso y gritar a voces su realidad.
Pero la verdad destruiría todo. Destruiría su credibilidad como banda, como artista. Destruiría un sector de la industria musical que aparentemente seguía inmune a esto.
Pero Vedder también sabe que en cuestión de meses, con suerte años, se sabrá la verdad. La nueva normalidad ya se habrá asentado. Es imposible contener la tendencia.
Muchos meses antes, Matt Cameron, baterista de la banda, le había mostrado a Vedder una canción de Bad Bunny. Vedder le había dedicado una mirada confundida, casi indignada. “¿Quieres algo así para el próximo disco, Matt? Porque lamento decirte que mis caderas son mentirosas compulsivas”.
Cameron había estallado de risa. Pero no. Lo que quería era mostrarle a Vedder una canción que estaba siendo viral, pero que no era en realidad de Bad Bunny. Había sido creada con inteligencia artificial, se llamaba NostalgIA, y el artista puertorriqueño estaba enfurecido por lo que consideraba un plagio y un insulto.
Vedder resopló, esbozó una media sonrisa y negó con la cabeza. Pero no dijo nada, pues no quería sonar snob. Sin embargo, su conclusión inmediata era que eso solo le pasaría a un artista como Bad Bunny, sobreproducido y genérico.
Meses después, alguien de Republic Records había hecho una propuesta casi imposible de rechazar: Pearl Jam incluiría una canción creada por IA en su nuevo disco, sin identificarla como tal, y si el público detectaba que era una creación artificial, el ejecutivo les garantizaría a la banda un contrato por los siguientes 5 años que de otra manera sería inalcanzable .
El ejecutivo admitió de inmediato su privilegio: era una apuesta muy de moda entre los millonarios de la industria musical en estos días, y las canciones impostoras, como los entes de Invasion of the Body Snatchers, ya tenían muchos meses rondando por la cultura pop. Ariana Grande, Dua Lipa e Imagine Dragons tenían varios. El disco country de Beyoncé había básicamente nacido gracias a un prompt creativo. El más reciente disco de Taylor Swift había sido un éxito absoluto de ventas, pero no había logrado ocultar el reciclaje genérico de la IA. El siguiente paso, admitió, era ganar la apuesta con una banda legendaria. ¿La única condición? Escucharían por primera vez la canción el día que se lanzara el disco.
La propuesta hizo estallar tensiones dentro del grupo, pero, tras semanas de dimes y diretes, aceptaron la apuesta. Lo racionalizaron como un experimento interesante, uno del cual podrían reírse en el futuro. Además, no habría manera de perder. Eso solo le pasaba a Bad Bunny. Ocultarían la canción de alguna manera, jamás la tocarían en vivo, y hasta le pondrían algún nombre idiota que no significara nada. Terminarían llamando a la canción “Waiting for Stevie”, y la razón sería una tonta anécdota en la que Vedder tuvo que esperar como 8 horas a Stevie Wonder para una sesión de su disco solista más reciente.
El contrato con el diablo se había concretado. La hora de recolectar almas había llegado.

De vuelta en el show de Howard Stern, Vedder siente nauseas. Ve una vez más con desprecio a Howard Stern, y hace una mueca casi de dolor físico. ¿Quién era él para despreciar a Stern, luego de lo que había hecho? “Waiting for Stevie” había conectado con su audiencia de una manera no vista desde quizás los años de Yield o Vitalogy. Era el obvio punto alto del nuevo disco. Era una canción perfecta de Pearl Jam, que condensaba todas las aflicciones de adultos de la mediana edad y las expresaba, de manera abstracta, calculadora y magistral, a través de un estribillo —que a la vez era verso— con dos variantes, y un gran solo de guitarra final.
Vedder comienza a sudar frío. La pregunta de Stern había hecho realidad la relevancia cultural de la maldita canción. Vedder recuerda a Cobain, a Cornell, a Staley, a Weiland, a Lanegan, a Wood. A Bowie. Había fallado. El arte había perdido.
Solo quedaba revelar la verdad y quizás creerse la mentira de que esa creación de la IA “es en esencia humana porque de allí se alimentó”.
Vedder se pone de pie. “Debo decir algo”, afirma. Todo queda en silencio.
Las palabras no le salen. PERO LE VAN A SALIR.
Me despierto.
Tengo meses sin recordar sueños ni pesadillas, pero mi inconsciente ha decidido abandonar la inacción hoy, generando el Deus ex machina más odiado de la narrativa. “Era solo un sueño”, sí, pero qué contundencia: vejez, preocupación por ser remplazado, la irrelevancia, la desesperanza, el grunge, posgrunge, pos. POS.
Pero el que solloza de último, solloza mejor, inconsciente maldito: la realidad de tu horrenda pesadilla disfrazada de “sueño curioso”, es mucho peor que mi realidad y, aunque cercana, aún no se concreta. Así que en comparación, estoy mejor.
Y no, no me harás desconfiar de “Waiting for Stevie”. No podemos ser tan mezquinos.
No se aguanta más cinismo.
No debemos claudicar tan fácilmente.






Una Respuesta a “W(AI)ting for Stevie”
[…] pieza tan perfecta y hermosamente Pearl Jam, que me hizo tener pesadillas sobre la creatividad y la IA. Hermoso himno sobre el combate al cinismo, el paso del tiempo, los miedos […]
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