Desde que The Last Dinner Party saltó a la fama hace menos de un año, ha estado atizando la vena cínica de los críticos y analistas de la industria. 

Pitchfork, en una reseña casi angustiada por no poder destruir el disco debut de las de Londres, Prelude to Ecstasy, concluyó que “canaliza el pop barroco y progresivo de antaño, pero a pesar de todo su drama de alto nivel, los resultados a veces suenan demasiado cuidadosamente tramados y curiosamente profesionales”.  Cuántas ganas de no querer disfrutar. Cuánta infelicidad. 

Otros, absolutamente negados a la posibilidad de que el boca a boca haya sido un elemento crucial en su meteórico ascenso, comenzaron a afirmar que la banda era una industry plant, es decir una pseudo-teoría de la conspiración que busca racionalizar el exito repentino de un artista como el resultado de un producto manufacturado maliciosamente por las grandes compañías, como una boy band o un conjunto K-pop (denuncias absurdas, pues está plenamente documentada su -breve, eso sí- etapa indie-garage sin contratos ni disqueras). Wet Leg recibió el mismo trato hace un par de años. Al final, Justin Hawkins, de The Darkness, fan de la banda, da en el clavo: “Si esto es lo que significa ser sembrado por la industria, entonces creo que la industria debe seguir sembrando porque esto es muchísimo más interesante que, digamos, el 99% de las cosas que dominan las carteleras pop”.

A mí nunca me despertaron sospecha alguna. Sencillamente estaba ante una banda compuesta de puras mujeres que habían tenido la fortuna y el talento de cuajar juntas y la valentía y creatividad para crear muy buenas canciones.

Así que, sin pensarlo, compré mi entrada para su concierto en el Lunario del Auditorio Nacional en Ciudad de México, su primera fecha en su primera gira en Norteamérica. 

El preludio (¿al extasis? ¡Rimshot!) estuvo más que satisfactorio, con temazos de MARINA, Sparks, The Jon Spencer Blues Explosion (alguien aquí es fan de Edgar Wright, obviamente) y con el grupo telonero, Valgur, unos hermanos oaxaqueños que montan un show que es una especie de mezcla entre Alaska y Dinarama, Amistades Peligrosas y aquella banda ficticia de la película Yes Man liderada por el personaje de Zooey Deschanel, Munchausen by Proxy , todo con su propia y aplastante personalidad.

El Lunario apagó sus luces definitivamente poco después de las 9:30 p. m. Con la instrumental “Prelude to Ecstasy” de fondo, fueron entrando poco ceremonialmente Georgia Davies (bajo), Lizzie Mayland (guitarras, voces), Emily Roberts (guitarra, flauta), Aurora Nishevci (teclados, voces) y Rebekah Rayner (batería). 

Silencio, y de inmediato, la súper dramática “Burn Alive”, que nos remite automáticamente a inquietantes pasillos de algún castillo londinense mediano. Abigail Morris, la frontwoman, es la última en salir. Se desliza con la gracia de una wicca con café de Starbucks y un iPhone 15 y el carisma evidente de una estrella en ascenso. There is candle wax melting in my veins / So I keep myself standing in your flames / Burn, burn me alive es una de las primeras cosas que nos canta Abigail, reforzando esa aura de bruja sensual que hechiza audiencias, y que confirma con su vestido negro (holgado y largo en partes, inexistente y revelador en otros) y su andar y porte con ecos evidentes a Stevie Nicks y Kate Bush.

Industry plant un CARAJO. Estas mujeres están más conectadas que muchas otras grandes bandas con más años de experiencia. 

Foto de Jamie MacMillan

Sin perder el momentum, caen “Caesar on a TV Screen” y “The Feminine Urge”. Es una maravilla ver a una banda en un momento único: ya han tocado en Later… with Jools Holland y le han abierto a The Rolling Stones, pero su LP debut entero no tiene ni 2 meses de haberse lanzado. Acaban de ganar el Rising Star award en los Brit Awards 2024 así como el BBC Sound of 2024, pero parecían no salir de su asombro ante la cantidad de personas que abarrotaban el Lunario y coreaban sus canciones. Algunas fanáticas incluso fueron con su mejor cosplay de las integrantes.

Las mujeres toman aliento con “On Your Side”, lo que nos permite además disfrutar su talento como baladistas.  Es aquí donde cometen su único “error” de la noche.

Quizás motivadas por seguir disfrutando de la euforia de un público tan bueno como el mexicano (en mi experiencia solo superado en locura por el argentino), Abigail se salta “Beautiful Boy” y manda a comenzar “Gjuha”, que es realmente el intro a mi canción favorita de esta banda: “Sinner”. 

“Sinner” es, de lejos, la mejor canción que han creado. Es un despertar sexual, una obra de autoaceptación, es una niña de campo entrando en la vida adulta de rockstar de las grandes urbes. Con un coro pegajoso y ascendente con un groove maravilloso, junto a armonías crecientes que piden repetidas veces Pray for me, on your knees, pray for me, on your knees, PRAY FOR ME! ON YOUR KNEES!, TLDP se ganan a pulso todos y cada uno de los gritos y aplausos del lugar. 

Abigail, visiblemente emocionada, admite que aceleró el proceso y no administró bien la parte lenta del show. Ahora hay que regresar a “Beautiful Boy”, donde Emily demuestra su talento con la flauta. Asentimos e ignoramos sin problema el bajonazo.

A continuación, Abigail nos pide memorizar una parte de la siguiente canción, “Portrait of  Dead Girl”, para compensar la ausencia de la orquesta de la grabación original, pero ya medio recinto tiene un paso adelante, incluyéndome. Es, después de “Sinner”, la canción que más me gusta del disco, con ecos evidentes al Bowie de los 70 y a la Florence + the Machine. El Lunario se compromete bien al Give me the strength.

Abigail menciona dos o tres veces a Valgur. Es una clara fanática de la propuesta de los hermanos mexicanos, y los invita a Londres. También recibe su peluche del Dr. Simi ceremonial. Ya han sido bautizadas bajo la efigie del semidios obeso bailarín.

Tras “Mirror”, la banda decide mostrarnos una nueva canción, “Big Dog”, que aunque se distancia de la estética dramática de cuento fantástico y evoca al blues rock divertido de Steppenwolf, sigue la línea de adoraciones y fetiches (My feet bleed from dancing / Lick them clean like you’re my big dog).

Tras “My Lady of Mercy”, llega el momento ineludible. La última canción. El hit que las puso en el mapa. Abigail se despide y nos pide recordar que “Nothing Matters”. Los decibelios se duplican instantáneamente, para sorpresa de todos, pues todo el show ya venía con un altísimo nivel de emociones y gritos. 

Una hora y alguito. Concierto breve. Nadie se queja, total, es una banda cuyo primer disco tiene, repito, MENOS DE DOS MESES de haber salido. 

De inmediato, busco el afiche/poster del concierto. Es lo que colecciono desde hace unos 2 años, y, lamentablemente, la banda no tiene uno oficial de su gira. Al salir, me recibe una noche fresca y la vena emprendedora mexicana, que ya tiene un afiche no oficial de calidad media, que para efectos de mi colección es simplemente perfecto. 

Tras un par de tacos y una costra en una taquería para extranjeros, me enfilo a casa con la ineludible sensación de que la próxima vez que The Last Dinner Party venga, tocará en un recinto mucho más grande, tendrá afiche oficial, y probablemente ya no tengan esa encantadora expresión de maravilla y sorpresa novata. El crecimiento de esta banda es exponencial. Esperemos también sea longevo.


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